Andy Burnham asumirá este lunes la jefatura del Gobierno británico en sustitución de Keir Starmer, en una transición que se produjo en poco más de un mes: desde su dimisión como alcalde de Mánchester hasta su proclamación como líder laborista el viernes pasado, Burnham ganó una elección parcial el 18 de junio, fue elegido diputado y luego designado jefe del partido sin que ningún otro candidato le disputara el liderazgo. La velocidad del proceso dejó escaso margen para un debate interno sobre el rumbo ideológico del partido.
La situación parlamentaria de Burnham tiene una particularidad: al haber ingresado a la Cámara de los Comunes recién en junio mediante esa elección parcial, no integra el bloque que hace dos años ganó las elecciones legislativas. El laborismo obtuvo entonces 403 de los 650 escaños, en un contexto de fuerte caída del Partido Conservador. Pese a eso, 379 diputados laboristas respaldaron su designación el viernes, lo que le confiere, en principio, una base de apoyo que podría sostenerlo hasta el final de la legislatura en 2029.
Un retorno a los Comunes después de nueve años

Burnham fue diputado entre 2001 y 2017, pero los últimos nueve años los dedicó a la alcaldía de Mánchester. Su regreso al Parlamento implica que deberá reconstruir vínculos dentro de un grupo parlamentario heterogéneo al que, en los hechos, acaba de incorporarse.
La salida de Starmer estuvo acompañada de críticas recurrentes por su falta de carisma y por lo que sus detractores describieron como escasa concreción a la hora de traducir principios laboristas en políticas. De Burnham se espera un giro más progresista, aunque las promesas que formuló hasta ahora —sobre reindustrialización, descentralización política y mejora del poder adquisitivo de los sectores trabajadores— no han sido desarrolladas en medidas específicas, y su propio discurso no permite inferir un gobierno necesariamente más a la izquierda del de su predecesor.
Esas propuestas, además, deberán encuadrarse en la disciplina presupuestaria que impuso el gobierno saliente. Otro interrogante es si Burnham mantendrá las políticas migratorias de la ministra del Interior Shabana Mahmood, que según la fuente redujo la inmigración irregular a mínimos, aunque con recortes de derechos a los recién llegados.
En política exterior, Burnham hereda un país que cumplió diez años desde el Brexit. No ha dado señales de que pretenda revertir la salida del bloque europeo ni retomar la integración con la Unión Europea.
La relación con Estados Unidos es otro frente abierto. Donald Trump nunca ocultó su desdén por Starmer y, por extensión, por el gobierno británico. Está por verse si Burnham puede reencauzar ese vínculo.
En cuanto a Oriente Medio, Burnham reconoció que el Reino Unido "tiene que hacer más" para presionar a Israel, pero rechazó utilizar la palabra "genocidio" para calificar lo ocurrido en Gaza. Su posición respecto al conflicto será observada de cerca: la gestión de Starmer en ese punto generó tensiones dentro del laborismo y desgaste político ante la opinión pública.




